jueves, 29 de enero de 2009

Riesgos de la cesárea para la madre


Las cesáreas, como cualquier otra operación quirúrgica, son mucho más seguras en la actualidad que a principios del siglo XX; qué duda cabe. La mejora de las condiciones higiénicas, el desarrollo de nuevos fármacos anestésicos y de la cirugía, han mejorado espectacularmente la supervivencia en esta operación. Sin embargo, esta confianza en los avances de la medicina no debería impedirnos ver la realidad, y es que el riesgo de muerte materna en la cesárea es de cuatro a seis veces mayor que en el parto vaginal. Este dato en sí mismo ya justificaría el intentar evitar todas las cesáreas innecesarias.
La mortalidad materna en la cesárea puede ser debida a complicaciones con la cesárea o la anestesia. Las más graves son las hemorragias que a veces obligan a extirpar el útero de la mujer (histerectomía) como única forma de detener el sangrado imparable y salvar su vida. Y las trombosis o embolias (coágulos de sangre que se trasladan a otros órganos del cuerpo, como los pulmones o el cerebro, y taponan las arterias o venas). No son complicaciones frecuentes, afortunadamente, pero sí muy graves. Además del riesgo de muerte materna, perder el útero o tener que permanecer ingresada en la UCI son situaciones dolorosas que pueden dificultar el inicio del vínculo con el bebé o la lactancia.
En la mayoría de casos, la pérdida de sangre no es grave, a pesar de que provoca una anemia que hace que la mujer se sienta débil y cansada durante los primeros meses. En ocasiones, es necesario realizar una transfusión de sangre (que también conlleva riesgos).
Otro problema serio son las infecciones: puede haber una infección del útero, de la vejiga, o de la herida y la piel que la rodea. También puede haber errores en la cesárea, es decir, en ocasiones se corta de manera accidental la vejiga o el intestino, que son los órganos que se encuentran pegados al útero, entonces, aumenta el riesgo de infección abdominal grave (peritonitis). En otros casos, y sin que se conozcan bien los motivos, después de la cirugía se produce una parálisis intestinal (íleo paralítico) que también puede ser grave.
Siempre que se realiza una cirugía abdominal, existe un alto riesgo de que se produzcan adherencias. Estas son una especie de cordones de tejido fibroso que fabrica el propio cuerpo después de la intervención al pegarse las superficies sangrantes que se han cortado y suturado a las paredes de los órganos vecinos.
Estas adherencias a veces no ocasionan ninguna molestia y la mujer ni siquiera sabe que las tiene. Pero en ocasiones, dan muchos problemas. Por ejemplo, a veces, entorpecen el tránsito intestinal y, por eso, algunas madres, meses después de su cesárea tienen los síntomas típicos del colon irritable: estreñimiento e hinchazón y dolor abdominal seguido de episodios de diarrea. Algunas veces las adherencias pueden incluso producir una obstrucción intestinal muchos años después de la cesárea. Lógicamente, cuantas más cesáreas ha sufrido una mujer, más propensa es a las adherencias y a que estas produzcan síntomas.
En otras ocasiones, las adherencias dificultan un nuevo embarazo, ya que pueden obstruir las trompas, o producir dolor en las relaciones sexuales e inflamación pélvica. Además, la cesárea condiciona el futuro reproductivo de la mujer. La cicatriz uterina aumenta el riesgo de complicaciones en los siguientes embarazos: desde los abortos espontáneos hasta la placenta previa (es decir, situada en la salida del útero), la placenta ácreta (con muchas raíces), los desprendimientos de placenta y el riesgo de rotura uterina. El útero de una mujer queda afectado por la cesárea y, ahora, se sabe que, por desgracia, el riesgo de muerte fetal al final del siguiente embarazo tras una cesárea, se duplica.
Las complicaciones de la anestesia también son variadas. La primera de todas se suele obviar, y es que la anestesia a veces no produce efecto. Por increíble que parezca hemos escuchado numerosos testimonios de mujeres que relatan cómo se les hizo una cesárea mientras ellas gritaban aterradas que sentían todo el corte o se desmayaban de dolor, necesitando anestesia general suplementaria. Ésta es una experiencia muy traumatizante y que a veces produce un síndrome de estrés postraumático. Otras complicaciones de la anestesia pueden ser el espasmo bronquial, los dolores de cabeza que pueden seguir a la anestesia raquídea, y muy raramente, aunque gravísima, la reacción alérgica o shock por la anestesia.
El sufrimiento psíquico que origina la cesárea suele ser omitido en la mayoría de los trabajos que describen los riesgos de la intervención y de hecho casi nunca se menciona en el consentimiento informado. La cesárea aumenta el riesgo de sufrir depresión posparto y síndrome de estrés postraumático relacionado con el parto. Estas dificultades emocionales también pueden dejar secuelas en la fertilidad.
Que cada hijo signifique un drama, porque la madre se figure que corre un riesgo elevado, causará un perjuicio en el equilibrio de la pareja. Es posible que aquí radique la causa de la frecuente esterilidad secundaria tras cesárea.