sábado, 7 de febrero de 2009

Estrés durante el embarazo, ¿puede afectar al bebé? Segunda Parte

Desarrollo neurológico
La desregulación génica, la destrucción de neuronas y sinapsis (conexiones entre neuronas), la inhibición del desarrollo dendrítico (5), el desarrollo inadecuado del cuerpo calloso y del cerebelo (6) son algunos de los mecanismos por los que el estrés materno afecta al desarrollo neurológico fetal. La exposición a niveles elevados de estrés prenatal, sobre todo durante las primeras semanas de embarazo, puede influir negativamente en el desarrollo cerebral del feto, determinando alteraciones del desarrollo de las habilidades intelectuales y del lenguaje en el niño.
En 2004, en efecto, un grupo de investigadores canadienses (7) publicaron los resultados de un estudio iniciado en 1998, a raíz de una tormenta de hielo en el Quebec. Esta catástrofe natural expuso a un gran número de mujeres embarazadas a un estrés elevado, y los investigadores pudieron realizar un seguimiento de esos embarazos y el desarrollo posterior de los niños hasta los 2 años de edad. Así observaron que cuanto más severo había sido el nivel de estrés prenatal, menor era el desarrollo de las habilidades intelectuales y del lenguaje de los niños a los 2 años, especialmente si la exposición al estrés se había producido en fases tempranas del embarazo.
Más recientemente, en marzo de 2007 un equipo del Institute of Reproductive and Developmental Biology, del Imperial College London (8) (9), publicó una revisión de un conjunto de estudios que vienen mostrando que si una madre sufre estrés durante el embarazo, es más probable que su bebé tenga problemas emocionales o cognitivos (como riesgo de déficit de atención e hiperactividad, ansiedad, y retraso en el desarrollo del lenguaje), con independencia de los efectos de la depresión o ansiedad materna postnatal. Los investigadores reconocían no saber todavía qué formas de ansiedad o estrés materno son las más perjudiciales, pero sugerían que la relación con la pareja puede ser importante a este respecto. También señalaban que la magnitud de estos efectos es clínicamente significativa, ya que un 15% de los problemas emocionales o del comportamiento se deberían a estrés o ansiedad prenatal.
La actividad del eje eje hipotalámico-hipofisario-adrenal (eje HHA, ¿Qué es?) y su liberación de la hormona liberadora de corticotropina (CRH) está bajo la influencia del estrés, a través de los niveles de cortisol sanguíneo. El entorno fetal puede verse alterado si el estrés de la madre altera su perfil hormonal, y se sabe que hay una relación directa entre los niveles de cortisol materno y fetal.
No obstante, aún no se conocen con exactitud los mecanismos implicados en esta interacción. Por ejemplo, la respuesta del cortisol materno al estrés se reduce a lo largo de la gestación, y al principio del embarazo, la conexión entre el cortisol materno y fetal no es tan fuerte. Es posible que los efectos del estrés y la ansiedad materna en el desarrollo del feto y el bebé puedan verse atenuados por otros factores, como la alimentación durante el embarazo. Se ha sugerido que un estado de hipervigilancia o ansiedad, o la actividad intensa del eje HHA puede ser una respuesta adaptativa al estrés ambiental durante la evolución, pero persiste en forma de vulnerabilidad a los trastornos del neurodesarrollo.
Otras líneas de investigación apuntan que la exposición prenatal al estrés podría aumentar el riesgo de autismo (10). Al parecer, hay evidencias tanto en animales como en humanos de que el estrés prenatal puede producir comportamientos anormales después del nacimiento que coinciden con los síntomas del autismo, y también otras anormalidades que también están presentes en el autismo, como déficits de aprendizaje, trastornos convulsivos, complicaciones perinatales, anomalías inmunológicas y neuroinflamatorias, y baja tolerancia postnatal al estrés en la infancia.
Alteraciones congénitas
Las madres que sufren acontecimientos vitales estresantes graves durante el primer trimestre del embarazo tienen un riesgo hasta ocho veces mayor de que el bebé sufra alteraciones congénitas por una alteración del desarrollo de la cresta neural, como por ejemplo el labio leporino, o cardiopatías, según un grupo de investigadores daneses dirigido por Dorthe Hansen (11).
No obstante, el riesgo total de tener un bebé con estas alteraciones es bajo. Incluso las mujeres que habían sufrido estando embarazadas acontecimientos vitales tan graves como la muerte de otro hijo tenían un riesgo muy bajo de que su bebé tuviera estos defectos congénitos. Según este estudio, publicado en 2000 en la prestigiosa revista médica Lancet, las alteraciones congénitas afectaron a alrededor del 0,65% de todos los embarazos, frente a un 1,18% de los embarazos en mujeres bajo estrés extremo.
Como el estrés no sólo afecta al sistema nervioso, sino también al cardiovascular, al hormonal y al inmune, hay buenas razones para sospechar que el estrés emocional severo (sobre todo durante el primer trimestre de gestación, cuando muchos órganos se están formando), podría causar defectos congénitos, explican Dorthe Hansen y su equipo.
Los investigadores examinaron las historias clínicas de más de 3.500 mujeres que se habían visto expuestas durante su embarazo a situaciones de estrés extremo, debido a que a sus parejas u otros hijos se les había diagnosticado cáncer, habían sufrido un infarto, o habían fallecido. Entonces compararon el número de bebés nacidos con defectos congénitos con el número de nacidos de un grupo de control de más de 20.000 mujeres que no se habían visto expuestas a estos acontecimientos.
Los bebés nacidos de mujeres que habían sufrido experiencias graves durante el primer trimestre de embarazo tenían más posibilidades de tener defectos de la cresta neural, una estructura de células que se cree que contribuye al desarrollo de la cabeza y la cara, como paladar, los dientes, la nariz, partes de los ojos, las orejas, la garganta y hasta el cráneo. Estas precisamente son las estructuras se más se han relacionado con acontecimientos estresantes durante el embarazo.
Las mujeres que habían sufrido la pérdida de otro hijo durante el primer trimestre de un embarazo eran las que tenían mayores probabilidades de tener bebés con estos defectos, hasta cinco veces más posibilidades de labio leporino o defectos cardíacos, y si la muerte del hijo mayor era repentina, hasta ocho veces más. En cambio, la probabilidad no era tan alta si el acontecimiento grave ocurría antes del embarazo o en el segundo o tercer trimestre. No se vio ninguna relación entre estos defectos congénitos y experiencias como la muerte o enfermedad grave de la pareja durante el embarazo. Tampoco se vio relación entre estrés severo y otros tipos de defectos congénitos.

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